PEOR ES NADA. PEOR ES NADA. PEOR ES NADA. PEOR ES NADA . PEOR ES NADA. PEOR ES NADA.

viernes, 8 de septiembre de 2017

homenaje a mi pueblo



Yo nací en Moranchel ( Guadalajara) , mi padre nació en Moranchel , mi abuela paterna nació en Moranchel ,mi abuelo paterno nació en Val de San García ( Guadalajara) y mi madre nació en El Bosque (Cádiz) y mis abuelos maternos en Grazalema y mis bisabuelos maternos también en Grazalema y esta mañana he leído este artículo y me ha encantado y... aquí lo comparto :

Homenaje a mi pueblo, Grazalema

Me encanta releer textos escritos hace años, pues siempre aprendemos algo de ellos desde la distancia del tiempo. Los hay que nos demuestran lo equivocados que estábamos, los que nos enseñan nuestra evolución como personas y aquellos que, reescribiendo tras sus pasos, nos hacen ver como hemos crecido y mejorado, literariamente hablando.  Y luego están estos otros, que son los que más me gustan, los que nos hacen sonreír y sentirnos orgullosos de nosotros mismos al ver que el tiempo no ha sido capaz de robarnos nuestros valores, y los valores, lectores míos, son el tesoro más importante que tenemos en nuestra vida, algo que no siempre es fácil mantenerlo.
Hoy he querido rescatar este escrito de hace algunos años en el que hacía un análisis de mi “orgullo de pueblo”, por llamarlo de alguna forma, y de las palabras que, desgraciadamente, las personas de pueblo tenemos que oír de los de ciudad que todavía hoy siguen teniendo una idea totalmente errónea de los que somos de pueblo. Hoy, sigo alabando, y aún más, el potencial de la gente de pueblo y sus valores, unos valores que la sociedad está perdiendo pero que, afortunadamente, sobreviven en algunos rinconcitos que, a los que tenemos la suerte de tenerlos como segunda casa, nos ayudan a ser más humanos cada vez que vamos y a rescatar esa humanidad perdida que sobrevive a destiempo entre tejados y casitas blancas. Hoy va por todos esos pueblos de España y por sus gentes, que tiene tanto, tanto que enseñarnos…
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Y, pese a todo, pese a conocer lo que falta en un pueblo, pese a saber que la preparación no es la misma y que la vida fuera de tu pueblo es una jauría de lobos contra la que no te han enseñado a luchar, porque allí no la necesitas, si volviese a nacer y me diesen a elegir si pasar mi infancia donde la pasé o en la gran ciudad en la que ahora vivo…no me lo pensaría, Grazalema sería sin duda mi opción primera.
Porque en mi pueblo no habrá grandes superficies comerciales pero está “ancá Antonia”, donde no te ponen pegas si vas sin dinero y puedes charlar mientras esperas la cola. Porque en mi pueblo no hay trenes, pero sí vías de árboles que te dan ese frescor y ese aire puro que sólo descubre el que se va y, cuando vuelve, respira hondo y descubre de nuevo el frescor en sus pulmones. Porque no tenemos aeropuertos pero tenemos aves rapaces que surcan el cielo como majestuosas dueñas del aire. Porque en mi pueblo no hay autobuses urbanos pero hay calles empedradas que llevan a todas partes mientras subes cuestas que te evitan ir al gimnasio (eso si tenemos…o algo parecido a un gimnasio). Las carreteras que llevan a mi pueblo no son autopistas, pero son verdes, y, a veces, los ciervos aparecen en ellas, o encuentras los ojos redondos de un búho sorprendiéndote sobre una señal de tráfico. No tenemos universidad pero sabemos la forma en que cambia el tiempo, cuando va a llover, los siglos que tiene un pinsapo, como cuidar a un jilguero que se ha caído del nido o el momento en que florece un jazmín. No tenemos escuela de idiomas pero conocemos el idioma del viento, de los pájaros, de las plantas, de la noche y hasta del silencio. En mi pueblo no hay cine, pero vemos en directo los mejores documentales de la historia. No tenemos museos, pero tenemos uno de los Parques Naturales más importantes de España, y no tenemos teatros, pero no nos faltan rincones escondidos que visitar, o descubrir, mientras vas caminando sin más. Y, debo confesar, que también nos metemos de vez en cuando con los listillos de ciudad cuando vienen a visitarnos y se pierden en el campo, se marean en las carreteras, no saben encender una chimenea, o dan el nombre equivocado a alguna planta. ¿También tenemos derecho no? Pero lo hacemos…desde el cariño.
Y es que….yo no soy de ciudad (aunque nací en una, me enamoré de otra y aprendí a querer a otra más) pero no me importan las risitas (cariñosas o no) al hablar de la “gente de pueblo”, porque no cambiaría mi infancia en mi pueblo, ni cada una de las veces que vuelvo, ni por la ciudad más desarrollada del mundo. Porque sigo completamente enamorada de mi pueblo y, hay amores, que nunca se olvidan…

Escrito por 

Lidia Villalobos

Licenciada en Periodismo, Máster en Gestión del Patrimonio Literario y Lingüístico Español. Postgrado en Publicidad, Marketing y Social Media. Actualmente trabajo como periodista en el Departamento de Comunicación del Hospital Vithas Xanit Internacional. Amante de los animales, de la lectura, del carnaval gaditano y de todos los detalles que hacen grandes los momentos.

jueves, 7 de septiembre de 2017

abrir mi boca

Tengo una cicatriz de 14 centímetros. No está en el corazón, pero siempre me ha consolado saber que mi cadáver será reconocible por su sonrisa grapada el día que espere unos ojos amigos en una morgue desaparecida. Tengo tres cicatrices más: una en la muñeca, otra en el codo, la última justo donde no la encontrarás. Tengo corazón. Mis dientes suelen expropiar una parte visible del café y del tabaco al que huelo y el médico balbuceó delante de mí hace unos días un diagnóstico benigno que incluía la palabra necrosis. He habitado 15 ciudades, 33 viviendas, cinco trincheras de fuego, una celda, un cuarto de aires acondicionados, incontables hamacas y, al menos, y que yo recuerde, una veintena de cuerpos ajenos que durante unos instantes me parecieron conocidos. Me he casado tres veces y me he divorciado dos. Saquen las cuentas. Creo que nunca me cansaré de preparar el desayuno para dos si entre ambos media un cariño que no sucumba ante la costumbre. Tengo un amigo que apuntaba todos mis números de teléfono hasta que dejé de llamarlo. No me gusta el hígado –ni tan siquiera el propio- y suelo pecar de incontinencia emocional y de una total ausencia de fuerza de voluntad. He caminado 27 países diferentes -los he contado porque en época de estadísticas y cientifismo lo que no se enumera no existe-. He compartido cientos de territorios que no dependen de las falsas fronteras del colonialismo. En unos he viajado con traficantes de pájaros, en otros he bebido chicha fuerte para debilitar mis prejuicios, en todos me he quedado enganchado antes a los humanos que a lo paisajes. A pesar de ello, me empieza a interesar la ornitología. He puesto en marcha menos proyectos de los que he diseñado y me he equivocado hasta el hartazgo antes de empezar un nuevo error con nombre. A día de hoy, con 46 años, no tengo un proyecto vital ni una certeza residente, tan solo poseo la soberbia inútil de quien ha visto y la decisión inerme de no rendirme. Con 46 años no hago running, no me he hecho un peeling y no he sabido de scores. No tengo hijos. Tampoco hijas. Los hermanos los cuento por decenas. No tengo dinero, no tengo hipoteca, no tengo ahorros, no tengo ansiedad, no tengo la necesidad de tener. Tengo casi 47 años y por primera vez el miedo es un tema en mi agenda. Mi mejor amiga ha perdido la lucha contra la muerte. Otras veces logró escapar en el último minuto, aunque en esta ocasión el tiempo jugó en su contra. A ella la quiero porque es incapaz de verme blanco y porque sus opiniones son tan volubles como las mías. En su balcón al verde del sur siempre hay una botella de Flor de Caña 7 años esperándome. Ahora no podemos beber ni fumar juntos, pero sigo poniéndome las trenzas cuando ella me necesita, cuando la convoco en mis desvelos. He cotizado a la seguridad social pública y privatizada de cinco países distintos y mi jubilación será la oportunidad para mendigar en las esquinas de vuestro descanso. Tengo un padre que los martes olvida lo que es y que es inexorablemente resultado de lo que fue. Mi madre, en cambio, no es lo que debió ser pero lleva con templanza el olvido de lo que no ha sido. Tengo grabadas las resistencias de mis iguales y suelo llorar sin razón alguna cuando abro los ojos ante las derrotas que nos infringen a cada instante. Amo sin medida y contengo el aliento cada vez que, en un leve giro de su cabeza, el olor de su piel me recuerda su presencia. En estos años he mudado algunos verbos: huir por buscar, pelear por resistir, soñar por sembrar, cosechar por construir, construir por observar y observar por intervenir. Escribo para cerrar mi boca y, sin embargo, como podría haber dejado caer el poeta Antonio Orihuela, a veces escribir es abrir mi boca de par en par ante el silencio de mis equivalentes.

Paco Gómez Nadal. Diario de Cesiones. Ed. Amargord, 2017

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Tauromaquia

 


Este es el magnífico documental que ha hecho PACMA sobre las corridas de toros. No hay ni una sola palabra, sólo la corrida retratada en toda su ferocidad. Es un trabajo maravilloso y demoledor. Hay que difundirlo y sobre todo hay que hacer que lo vean todos esos que dicen que el toreo es arte y cultura y que el toro no sufre.

Tú que vienes a rondarme

Una deliciosa canción para un miércoles cualquiera




lunes, 4 de septiembre de 2017

actitud prudente

Una actitud prudente hacia los placeres de la vida puede llevarnos a disfrutar mucho más nuestra existencia. 

Hermann Hesse


El mundo en que vivimos, compulsivo, urgente, inundado por el tiempo, a veces nos aleja inadvertidamente de las fuentes más hermosas y sencillas de gozo. Es común culpar al trabajo, la vida moderna o las nuevas tecnologías por nuestra frecuente insatisfacción, pero éstos son solamente un síntoma de algo más, de la ausencia de una capacidad fácilmente recuperable, tan simple como hermosa.
Para el escritor Hermann Hesse (1877-1962), la premura, la necesidad de estar ocupados y de vivir en un estado de productividad compulsiva —de hacer, en vez de simplemente ser— son el drama crucial de la existencia moderna. Pero el alemán tiene una respuesta que, si bien podría parecernos obvia y sencilla, implica un entendimiento superior, capaz de modificar nuestra relación con el mundo.

En su visionario ensayo “Sobre los pequeños placeres” de 1905, el premio Nobel de Literatura comienza por describir el problema real, “Mucha gente vive hoy en un estupor aburrido y falto de amor”, y prosigue apuntando a nuestra fuente más frecuente de insatisfacción “Pero el atribuir una enorme importancia a cada hora y cada minuto, la prisa como el objetivo último de la vida es, sin duda, el enemigo más peligroso de la felicidad”. La compulsión de buscar el placer solamente genera más insatisfacción, una que paradójicamente tiene que ser saciada constantemente.

Hanami (花見, lit. "ver flores") es la tradición japonesa de observar la belleza de las flores

La solución que propone Hesse es, sin embargo, refrescante y sencilla:
Solamente me gustaría recuperar una vieja y tal vez anticuada fórmula privada: el placer moderado es doblemente placentero. ¡Y jamás debemos olvidarnos de los pequeños placeres!

Según el escritor, la moderación requiere una gran valentía, al menos ante las sociedades en las que vivimos y frente a las personas que nos rodean. De manera simple, nos plantea un ejercicio: ¿qué pasaría si un hombre acostumbrado a ver exhibiciones de arte enteras, llenas de espectaculares piezas, pasara 1 hora o más observando una sola obra maestra, y decidiera “contentarse con eso por el día”? Sin duda, acierta Hesse, ese hombre aprendería algo de ello.

Finalmente, el escritor asegura que la habilidad de disfrutar los pequeños placeres de la vida está íntimamente conectada con el hábito de la moderación, una capacidad que originalmente todos tenemos pero que ha sido disminuida por el torbellino la vida moderna. Esa moderación es, de acuerdo con este visionario ensayo, fuente de amor, alegría y poesía en nuestras atareadas vidas. Con respecto a los grandes placeres, Hesse recomienda guardarlos para las vacaciones o los momentos realmente apropiados.


El ensayo “Sobre los pequeños placeres” es una breve y hermosa invitación a hacer eso que Hesse define como abrir los ojos al mundo, pues, sin duda alguna, aprender a disfrutar en pequeñas dosis permite una sensación más duradera de plenitud y satisfacción. Esos pequeños placeres, que como inadvertidas fuentes de luz brillan alrededor de nosotros y que varían según cada persona, ostentan la respuesta. Y los pequeños sacrificios que implica la moderación no pueden sino valer la pena.
Para terminar su ensayo, Hesse hace esta pequeña y discretamente iluminada recomendación:

Sólo pruébalo una vez —un árbol, o al menos una porción considerable de cielo, que puede verse desde cualquier lugar. Ni siquiera tiene que ser un cielo azul; de alguna u otra manera la luz del Sol siempre se hace sentir. Acostúmbrate a ver un momento el cielo cada mañana, y de pronto serás consciente del aire que te rodea, el olor de la frescura de la mañana que se te concede entre el sueño y el trabajo. Encontrarás todos los días que el tejado de cada casa tiene su propia apariencia y su propia luz. Pon atención y pasarás el resto del día con una satisfacción reminiscente y un sentimiento de coexistencia con la naturaleza. Gradualmente y sin esfuerzo, el ojo se entrena a sí mismo para poder transmitir numerosos y pequeños placeres, a contemplar la naturaleza y las calles de la ciudad, a apreciar la inagotable diversión de la vida cotidiana. Esto es, para el ojo entrenado artísticamente, solamente el inicio del viaje; lo principal es el comienzo, el acto de abrir los ojos.

Y es verdad, ¿por qué habríamos de estar dispuestos a perdernos de un pequeño pedazo de cielo, de la belleza en la barda de un jardín cubierta de ramas, de la galanura de un perro, de un grupo de niños o de un rostro hermoso, del sonido de nuestra propia voz, de un trozo de fruta o de una melodía que alguien canta en la distancia?

Fuente :




Escuchar la radio

Metaverso un programa sobre poesía en Radio 3.Poesía de la indignación.En este enlace se pueden escuchar los últimos 15 programas   http://www.rtve.es/alacarta/audios/metaverso/metaverso-poesia-indignacion-01-08-15/3234345/.

 Durante el verano se ha podido escuchar este  programa en la radio los domingos de 23 a 24 h.A mi me fascinaba y siento mucho que Radio 3 no lo haya incorporado a su programación temporada 2017-2018  .

También me entristece la desaparición del programa Coordenadas...un programa abierto a tantas voces que otros silencian. Ha dado voz a ecologistas y causas sociales.Un tiempo de radio dedicado a las acciones de la sociedad civil y las ideas del mundo contemporáneo, en busca de coordenadas.Se nos va un pedacito de radio social y comprometida...
Me produce mucha pena y rabia. Pocos programas tan valientes y necesarios; una gota en un charco de tierra sedienta... dicen algunos comentarios dejados por sus seguidores u oyentes con los que estoy totalmente de acuerdo.

Otros programas que también escucho en radio 3 son:

Los  domingos de 11 a 12 El bosque habitado , mundo rural , naturaleza  y literatura.

Los sábados Tres en la carretera de 15 a 16 h literatura , cine , olores , sabores , música y después la hora del bocadillo de 16 a 17 h ilustración y comic

Los domingos de 1 5 a 16 Videodrome música , textos , cine , series....y de 16 a 17 Dramedias un programa sobre teatro, performance , pintura, música , danza y palabras.

Los sábado de 21 a 22 h El hexágono música francesa.

 Estos son mis preferidos junto con los programas desaparecidos de la programación , Carne cruda , Coordenadas y también Metaverso.

Aquí os dejo el enlace para ver la programación de Radio 3 en la temporada 2017 /18 pues hay muchos más programas todos interesantes.http://www.rtve.es/radio/radio3/programacion/

Os animo a escuchar más la radio y ver menos la Tele. ¡¡ Radio de calidad y Tele de calidad !! para personas más humanas y sensibles.

Septiembre

Ningún destino es tan ingrato
como el de las personas condenadas a vivir
eternamente en septiembre.
(A. Grandes)
 Cuento breve de Pilar Galán


La casa está fría. Hay nubes deshilachadas, borrones grises, flecos azules a través de la persiana. La luz se cuela aún como polen de oro, cada vez con menos fuerza, como si presintiera ya el otoño.
La siesta no nos ha hecho bien. Luis se ha levantado con el ceño fruncido, con ese gesto tan suyo de estar enfadado con todos. Ana no quiere tomarse la leche. Lloriquea aún desde la cocina, quiere empezar a andar sobre el suelo frío. Anoche tosió un par de veces, a tientas en la madrugada aparecieron por fin los edredones.
La piscina se ha puesto verde. Flotan bolsas de plástico, alguna silla, el césped se adueña ahora de todos los rincones. Luis pregunta por las ranas. Una y otra vez, cientos de veces, tironea de mi falda hasta que atrae mi atención. Las ranas, cuándo vuelven las ranas, están ya las ranas en el agua sucia, en esa agua tan sucia ya que no ve ni el fondo, podemos bajar a ver las ranas, mamá por favor. Ana llora.
Las pastillas dejan la lengua resacosa y dura. Los ojos pesan, pesa la tarde entera cada vez más cerca de la noche. Aún hay que lavarse la cara, tomarse un café, coger el coche, comprar los libros.
Milagrosamente, a las seis en punto estamos ya abajo. La portera nos mira como a recién nacidos, con esa ternura tan dulce de las mujeres mayores. Los ha abrigado usted mucho, me dice. Luego engaña el tiempo, veranillo de San Miguel, veranillo de los membrillos. No tengo fuerzas para hablar del tiempo. Recojo el correo. Tampoco hoy ha escrito. No sirven de nada los conjuros mágicos ni retrasar el momento hasta la tarde. El hueco del buzón saluda desde las once de la mañana.
Hay tráfico ya. Luis pregunta cuánto tiempo tardaremos en llegar al híper. Ana le imita. Luis le pega un manotazo en la boca. Desde el espejo retrovisor se ven las cosas como en un cine, como si no estuvieran pasando.
Pongo la radio. Suena por enésima vez la canción del verano. Atrás los dos se desgañitan. Acabarán pegándose otra vez, cuando se acabe. Por suerte, luego viene la segunda canción del verano, y luego la tercera. Sus voces me llegan desde otro mundo.
Intento mantener la concentración. Como en la autoescuela. Solo mirar al frente y a los espejos. No desviar la mirada ni un segundo. Si una avispa entra en el coche, bajar la ventanilla con cuidado, sin dar manotazos. Si nos pica, señalizar la maniobra y apartar el coche hasta el arcén.
Doy un manotazo a Luis. Cambio la cinta, me peino, en el semáforo en rojo me pinto un poco la raya. Me pita el de atrás. Ahora se me cala, verás tú cómo se me cala. Menos mal que me he puesto las zapatillas de deporte. Rebobino la cinta, subo el volumen, le paso a Ana el muñequito rosa. Me incorporo por fin a la autovía. Me pongo el cinturón de seguridad. Estoy suspensa, es lo primero que tendría que haber hecho. Bajo el seguro del coche. Estoy a punto de estrellarme con un camión. Ha empezado a llover.
Toda la ciudad ha decidido salir a comprar los libros esta tarde. Seguro. Podríamos haber ido en autobús. Me lo dijo mamá. Hija, no te arriesgues tanto, que vas con esas dos criaturas.
—Tres criaturas, mamá, eso es lo que somos. Una madre asustada y dos hijos llorones.
Mamá no sabe aparcar, dice Luis, con su voz de hombre. Le miro con odio por el retrovisor. No sabe aparcar, no sabe aparcar, canta. Ana ha empezado a seguir la melodía. Podría echarme a llorar ahora mismo, dejar el coche en mitad de la explanada, con las puertas abiertas y mis hijos dentro, y correr bajo la lluvia, como cuando era niña, exactamente igual, sentir las gotas resbalando por mi pelo, saborearlas, pisar charcos, volver a casa con las piernas empapadas, sabiendo que me espera un vaso de leche caliente y dos azotes.
En vez de eso, cuento hasta diez y sigo dando vueltas sin sentido. Aparco por fin en la otra punta de la puerta de entrada. Me miro en el espejo orgullosa de mi hazaña. Estoy horrible. Parece que me he echado encima veinte años.
Lo primero que me levanta dolor de cabeza es el ruido de la gente. Todos en procesión en busca de los libros. Luego, la música de las narices. Julio Iglesias a todo volumen. Ana arrastra los pies.
Hay una cola enorme para recoger los libros. Jugamos a contar niños, jugamos a adivinar colores, jugamos al veo-veo. Luis dice que se aburre. Que quiere ir a ver juguetes. Por megafonía anuncian que regalan el forro para los libros de texto. También hay ofertas de pescado. Ana dice que tiene hambre. Me deseo la muerte. Me llevo deseando la muerte desde las seis de la tarde.
A las ocho y media tengo todos los libros en la mano. Conocimiento del medio, Matemáticas, mi primer diccionario. Luis los abre sin cuidado alguno, pasa las páginas con sus dedos negros de arrastrarse por el suelo. Intento reñirle, pero no quiero gastar fuerzas innecesarias. Total, van a acabar despanzurrados por su cartera dentro de una semana.
Compro leche condensada, galletas, pepinillos, cerveza, una botella de vino blanco, pizzas variadas, patés. Los niños están emocionados con la cena. Yo también. Pienso ponerme a morir de pepinillos en cuanto se acuesten.
Sigue lloviendo. Ahora hace frío y la noche se extiende por encima de las luces de neón de las ofertas. Saco el coche sin rozar la pared. Luis aplaude. Riño a Ana para que no se duerma, por favor, bonita, que tengo que bañarte, que tienes que cenar, que si no, te dan las dos y mamá trabaja mañana. Le canto, pongo música, digo a mi hijo que le pegue de vez en cuando un manotazo. Lo hace encantado.
Llego a casa cargada de bolsas. Huele a naftalina, a septiembre, a forro de libro nuevo. Tengo que contenerme para no llorar. No hay luz cuando entramos. El salón está más vacío que nunca. Las plantas hacen sombras raras en los rincones.
Pongo los dibujos, baño a la niña, más dibujos, Luis hace el idiota en la bañera. Se llenan los pijamas de queso fundido, de salchichas con tomate. Ana unta en sueños su dedo en leche condensada. Protestan un poco aún. Luego caen rendidos.
A las once en punto, en mitad de mi atracón de pepinillos, suena el teléfono. Miguel quiere saber cómo están sus hijos. Hablamos despacio, muy educados. Me pregunta también por el coche, si he vuelto a rozarlo, si soy ya capaz de meterlo en el garaje. Cuento hasta veinte antes de contestar. Oigo su respiración al otro lado.
Dice que puede encargarse él de lo de los libros. Le digo que no lo dudo, pero que da la casualidad de que ya los hemos comprado. Parece fascinarle que haya sido tan aventurera como para adentrarme en el territorio prohibido del híper.
Le pregunto por el trabajo. Dice que trabaja mucho. Como siempre, se me escapa. Sé que me ha oído y que cuenta a su vez para no estallar. Se le escapa a él también preguntarme por todo en general, qué tal van tus cosas, murmura. Mientras intento contestar oigo la tos de Ana desde el pasillo. Bien, como siempre, también, ya sabes. Y me muerdo la lengua porque sé que sabe, porque me está viendo sola en su casa de antes, un poco borracha de cerveza y vino blanco, un poco asqueada de tanto pepinillo, y le gustaría decirme con su voz de hombre, al otro lado, puedo ir a ver a los niños esta noche, aunque sepa muy bien qué hora es, siempre lo ha sabido, que a las once los niños duermen hace mucho, y no esperan a que el señor importante vuelva del trabajo para contar cuentos.
Sé que está esperando una señal, que me derrumbe, que le diga con voz pastosa que no puedo más, que se me caló el coche en el semáforo, que olvidé comprar el libro de ciencias, que estoy ya llorando a moco tendido delante del forro maldito que no se deja cortar, y me estoy llenando los dedos de plástico transparente, y me aburre enormemente hojear tanto contenido para aprender a hacer los deberes, partes de la tierra, funciones del lenguaje, diferencias entre climas…
Pero cuento hasta diez y le digo que van bien las cosas, todo lo bien que pueden ir, que se cuide, que ahora tiene que empezar a hacer frío y septiembre es un mes muy traicionero. Y le imagino en su cocina blanca, impoluta, encendiendo un cigarro más antes de colgarse al teléfono con su madre o con su jefe, o con quien sea, mientras la cocina sigue limpia y no hay ninguna imbécil que le haga la cena. Le digo también lo del veranillo de San Miguel y lo de los membrillos. Y cuelgo, acto seguido, porque ya las lágrimas se acumulan en los ojos, y hay un temblor absurdo en la garganta, y me arde el estómago con los pepinillos, y me duele la cabeza con el vino, y Ana tose cada vez más.
Y lloro, a lágrima viva, tirada en el sofá, como una niña. Porque es septiembre, porque huele a libro y forro nuevo, a patio de colegio, leche condensada y comidas de madre. Porque no hay nadie que me explique por qué no escribe, por qué se empeña en hacerse el fuerte y el distante.
Me tomo dos pastillas. No hay que mezclarlas con alcohol, dice la voz protectora de mi madre. Me da igual, mamá. Tampoco estás aquí para pasarme la mano por el pelo, para llamarme bonita y explicarme qué salió mal después de todo, si me casé con el hombre que yo amaba, si tuve dos hijos preciosos y un trabajo, un piso, el carné de conducir sin coger el coche, si era la envidia de todas mis amigas, si todos le adoraban. A ver por qué, hija, tuviste que conocer a ese otro, estar a punto de perder tus hijos, cariño, con lo querían a su padre, una vida estable, toda la vida por delante.
Se me va la cabeza. Hablo sola. No tengo ganas de contestarte, mamá, de verdad que no, otra noche más no. Ya hemos hablado bastante. No me vuelvas a decir que hay que aguantar, que todos los hombres son iguales. No entiendes nada. Quiero estar sola. Quiero vivir sola.
Ana tose más fuerte. Me duele todo. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.
Avanzo a tientas por el pasillo. No quiero ver en ningún sitio el reflejo de la ausencia.
Me tumbo al lado de mi hija, al lado de su cuerpo caliente de vainilla y chocolate. La abrazo fuerte, le doy besitos, le digo bajo que ya estoy aquí para cuidarla, porque soy mamá, y tú eres pequeña, y ahora puedo cuidarte, luego no.
Ya estoy llorando otra vez, como una idiota. Por cuidar, por no ser cuidada, por las noches y las tardes como hoy, por el miedo que me da conducir, porque quiero vivir sola, porque también quiero vivir con él.
Y, mientras acaricio a Ana, muy despacio, imagino que también a mí me tocan, me pasan la mano por el pelo, me dan besos, me abrazan. Que alguien, quien sea, me dice que es normal estar asustada, el otoño y todo eso, qué valiente has sido con el coche, no te agobies si no escribe, nada importa, solo tú y tus hijos.
Al compás de esa voz me voy quedando dormida, poco a poco. Mañana habrá carta en el buzón, seguro, y dejará de llover, y no habrá tráfico. Anita se pondrá bien y Luis no pegará a nadie en el colegio. Ya verás cómo sí.
Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, siento el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.
Y me duermo, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.